LA DENTADURA

Una historia verídica como la vida misma que me sucedió en la infancia….

Erase una vez…..(1970 y pocos…)
…. en el Chile de aquel entonces, en las familias de clase media, como nosotros, era habitual tener una “empleada puertas adentro” como se le llamaba.
Y que no era más que una señora venida del pueblo a la capital a trabajar a cambio de casa y comida, además de por un (creo) miserable sueldo.

Las vacaciones de verano, también le estaban “pagadas” a la señora.
Con lo que la correspondiente ama de casa (o sea mi madre) no pegaba ni brote en labores domésticas e infantiles.
Vamos…. igualito a lo que nos viene tocando a nosotras, peazo del liberadas e intelectuales mujeres que hemos elegido ser!

Ese año nos fuimos de vacaciones a la playa.

Y la señora América, (así se llamaba la natural del mismo sitio) aprovechando que no había ventanas para limpiar, ni polvo que sacar, en la tienda de campaña donde vivíamos, no lucían mucho dichas labores, en sus tardes libres de trabajo, se iba al bar del pueblo a echarse unos traguitos y a ver si le daba al cuerpo, alguna que otra alegría más.
En una de esas tantas salidas y en uno de los primeros días de la temporada, llegó por la noche borracha perdida. Y en un ataque de vomitera, perdió la preciada dentadura, en plena noche y en medio de la inmensidad de la arena playil!
Desgracia total!

¿Os imagináis al día siguiente? ¡Menudo panorama!
Primero el tener que reconocer como había sucedido tan enorme pérdida y hacer ánimos para afrontar las comidas veraniegas y el posible ligoteo con tremenda ausencia!

Por la tarde, cuando los niños ya se habían remojado hasta la saciedad, yo, que ya entonces empezaba a perfilar ese gen reciclador y recuperador que algunos conocéis, me puse a remover la arena por donde más o menos parecía que había podido ir a parar la tan valiosa colección de perlas masticadoras. Y, destino o providencia (o habilidad de la niña), encontré el tesoro con las palitas de colores que usaba para las oportunas excavaciones.
Allí estaba, ELLA, mirándome, dispuesta a lanzárseme directamente a la yugular, la dentadura entera de América, con diente de oro incluido.

América, después de llorar toda la noche su pérdida y su cogorza, se había resignado ya a cocinar un poquito más del puré que compartiría con el entonces único bebé de la familia, mi hermanito.
Al recuperar lo que ya creía perdido, me llenó de besos desdentados antes de lavar y colocar a buen recaudo su preciado tesoro.

Y siguieron íntegras, pues, las personas y las vacaciones familiares.
La anécdota aún permanece en la memoria de la familia, y si vive, América seguro que también se acuerda!
Que será de ella?